No dolerá poco cuando te vayas, siempre duele la despedida de personas como tú, de las que decidí nunca correr. De las que me alentaron a quedarme y luchar contra el miedo que le tengo a la tristeza que llega cuando se va el querer.
No dolerá poco cuando me marche, aún si te lo voy advirtiendo a mi manera con besos sabor a lágrimas o uñas clavadas en tu espalda en medio de un abrazo.
No dolerá poco cuando se acabe, aún si decidimos no llorar y despedirnos con una sonrisa que no se refleje en nuestras miradas.
No dolerá poco si sucede en sueños y decides marcharte despacio, siempre gritándome que no me aferre.
No dolerá poco aún si cambias conmigo, si no me llamas cuando te embriagas, no me escribes cuando te despiertes, no te despidas antes de dormir, no me envíes besos en susurros, no me mires con locura ni me beses con dulzura.
No dolerá poco aunque me escribas un poema de rechazo, o dejes de querer escribirme y tengas que tomarlo prestado de un libro y decir que fuiste tú, ni porque me devuelvas el poema que tantas lágrimas de satisfacción me sacó cuando logré terminarlo.
No dolerá poco ni porque tengas la valentía de mirarme a los ojos para decirme que decides seguir tu camino, ahora en otro sentido, sin mí.
Pero es que nunca lo has hecho.
Tú me ves a los ojos y sonríes como si mirases el amanecer, te acercas y tocas mi mejilla con la yema de tus dedos para luego darme un beso justo en donde estaban ellas. Me abrazas como si fuese la persona que nunca quieres dejar ir y sin temor te permites decirme que quieres estar a mi lado más que por un largo tiempo. Te despiertas, me escribes y podría jurar por tu buen humor en las mañanas que adoras soñar conmigo. Como me adoras a mí, me lo dices siempre, que me adoras y no sólo con palabras, completas con hechos cada una de ellas. Estaría loca yo si pensase que esto es una mentira pero sí que parece un sueño. Me tratas como a una princesa y yo no hago más que sonreír mientras disfruto todos los momentos que estoy contigo, y los que no también, porque te tengo. Me lo demuestras segundo a segundo. Pieza a pieza vas armando mi mundo, mi corazón, mi sonrisa.
Entonces, ¿por qué dañar todo?
Te fuiste sin gritarme una advertencia, sin aparecer en sueños o en persona, sin dar explicaciones, sin besos de despedida o abrazos de no te vayas. Te fuiste sin miradas ni palabras dichas. Sin ser valiente. Te fuiste como yo no lo merecía y por eso y más, dolió el décuplo de lo que en algún momento creí que dolería.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario